El sueño y la reconciliación con el padre humano.
- Mariela Gaona

- 1 jul
- 2 min de lectura
Después de una crisis de fe, regresar al centro se vuelve una espiral compleja.
¿Será que la percepción que tengo de Dios tiene que cambiar?
Hay mucha transformación en la vida y solemos hablar del vínculo que tenemos con nuestras parejas, amigas o familiares. Pero ¿qué sucede cuando el tema central de sanación deja de ser lo visible y se vuelve lo intangible?
En estos años he pasado por muchas pruebas de fe en relación con mis dones, con lo que quiero compartir y con aquello que verdaderamente es importante para mí en mi relación con Dios.
¿Por qué lo veía como alguien que cumplía mis caprichos?
¿Por qué, a veces, sentía que si no me protegía del libre albedrío de otros, entonces me abandonaba?
Me limité a mí misma de la profundidad espiritual, como si se tratara de un límite personal.
Entonces comprendí que, cuando nos privamos de la conexión con Dios o con la Vida, o con la Fuente... bueno, hablaré por mí.
Mi proceso me llevó a reconciliarme con las figuras que representaban el origen en esta dimensión: mi padre y mi madre. Pero esa reconciliación no fue romántica. Fue profundamente confrontativa.
Las últimas pruebas de fe que viví me hablaron, sobre todo, de humildad.
De reconocer que jamás estoy sola.
La revelación llegó a través de un sueño.
La Madre Cósmica me decía:
“Mira hasta dónde pudiste haber llegado... y, aun así, no fue así.”
Necesitaba contemplar con claridad todas las líneas de tiempo.
Comprender que, aunque hoy no me encuentre viviendo aquella que mi personalidad consideraba ideal, sigo estando profundamente protegida.
Y sigo en paz.
Fue aceptando la crudeza de este mundo y la realidad interior de mi padre humano como se abrió una puerta inesperada.
Por primera vez pude mirar verdaderamente al Padre Cósmico en toda su grandeza.
Y si queremos quitarle la palabra Dios, entonces me gustaría llamarlo simplemente...
La Fuente.
Porque la Fuente no concede caprichos.
La Fuente sostiene procesos.
No evita el dolor.
Lo atraviesa contigo.
No controla el libre albedrío de los demás.
Pero jamás abandona el corazón que decide permanecer abierto.
Para mí, esto es lo que llaman la muerte de una relación infantil con Dios.
Vaya que me resistí.
Ahora veo que el amor de un padre no está en evitar el caos, sino en permanecer. En acompañar. En sostener la presencia mientras atravesamos aquello que la vida nos invita a mirar.
He encontrado a la Fuente como nunca antes: en la travesía de mi propia oscuridad, permitiéndome integrarla.
Y no solo de mi oscuridad personal, sino también de la oscuridad que habita en la realidad que compartimos. Esa que, muchas veces, todavía me cuesta aceptar.
Hoy comprendo que el espíritu no viene a quitarnos las pruebas. Viene a enseñarnos a habitar nuestra libertad humana, recordándonos que esa virtud pertenece a todos los seres humanos.
Porque el amor verdadero nunca invade.
Respeta.
Espera.
Acompaña.
Creo que cuando sentí que Dios me había abandonado, en realidad me estaba ofreciendo una de las lecciones más profundas de mi vida.
No era abandono.
Era respeto.
Era integridad.
Era libertad.
Y, sobre todo, era una invitación a descubrir que la Fuente no estaba fuera de mí esperando rescatarme, sino dentro de mí, esperando que recordara que siempre había estado caminando conmigo.
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