Datear no tendría que sentirse como una búsqueda
- Mariela Gaona

- hace 2 días
- 7 min de lectura
Actualizado: hace 1 día
¿Hay una pregunta que aparece casi siempre cuando alguien vuelve a conocer personas después de pasar un tiempo solo o sola: ¿cuándo voy a conectar con alguien?
Pero existe otra pregunta que casi nunca nos hacemos y que, para mí, es igual de importante: ¿qué estoy construyendo con mi propia vida mientras ese encuentro llega?
Vivimos rodeados de un mensaje silencioso, pero constante: que la vida en pareja es la vida «completa» y la soltería, un estado de espera; algo que se tolera mientras llega aquello que sí cuenta. Bajo esa lógica, cada cita se convierte casi en una entrevista de trabajo: ¿es esta la persona que por fin me va a acompañar?
Y esa pregunta, cuando nace de la falta, cambia todo: cómo escuchas, cómo te muestras, qué toleras y qué decides ignorar.
Quiero compartirte otra manera de mirarlo, una que he ido integrando tanto en mi vida cotidiana como en las sesiones que acompaño.
Aprender a compartir la vida contigo
Una de las cosas más bonitas de compartir la vida con alguien no es dejar de estar solo o sola. Es haber aprendido, en el camino, a compartir tu vida contigo.
Esto no quiere decir que tengas que encontrarte en un punto de perfección, con todo resuelto, antes de poder datear. No hace falta llegar completamente «armado» ni con la vida perfectamente ordenada. Significa abrirte a disfrutar tu propia compañía. Construir una rutina que te guste, vínculos de amistad que te sostengan y proyectos que sean tuyos y de nadie más. Cuando eso existe, aunque todavía esté en construcción, una relación no llega a llenar un vacío: llega a sumarse a tu tejido.
No se rescata una vida. Se comparte una.
Y aquí quiero ser clara: no se trata de «resolverte» primero, a solas, y comenzar a datear después. Cada vez que te abres a conocer a alguien, tenga o no futuro esa conexión, el encuentro ya forma parte de tu proceso de crecimiento. Te muestra tus patrones, lo que proyectas sobre el otro, lo que buscas, lo que te cuesta pedir y aquello que todavía te da miedo mostrar.
Jung entendía la individuación como el proceso de convertirnos en quienes realmente somos. Y ese proceso rara vez ocurre en aislamiento. Sucede en el encuentro con los demás. En las amistades. En el trabajo. En las rupturas. En las citas. Porque cada vínculo revela una parte de nosotros que todavía estaba esperando ser vista.
Datear no es únicamente el medio para llegar a «la relación buena». Es, en sí mismo, un camino de autoconocimiento, con resultado de pareja o sin él.
Por eso, cuando has comenzado a conocerte aunque sea parcialmente y aunque el proceso continúe— volver a datear se siente diferente: menos urgente, más curioso y con mayor capacidad para decir «esto no es para mí» sin vivirlo como una tragedia. También aparece la posibilidad de recibir algo valioso de las conexiones que no llegan a convertirse en una relación.
¿Por qué centralizamos tanto la pareja?
Casi nadie decide conscientemente poner sobre una sola persona la tarea de darle sentido a toda su vida. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos con frecuencia cuando tratamos la relación de pareja como la meta final de la existencia adulta y dejamos todo lo demás —la amistad, la comunidad, la soledad elegida y los proyectos propios— en un segundo plano que se tolera mientras «eso» llega.
Esta centralización no es un defecto de carácter individual ni una simple moda cultural. Tiene raíces históricas, económicas y psicológicas muy concretas. Comprenderlas puede ayudarnos a soltar un poco la presión: no necesariamente hay algo mal contigo por desear tanto una pareja o por sentir que, sin ella, la vida está incompleta. Llevamos siglos construyendo un sistema social, económico, legal y psicológico que nos empuja precisamente en esa dirección.
De la conveniencia a la «relación pura»
Durante gran parte de la historia, el matrimonio fue, ante todo, una unidad económica y de supervivencia: una alianza entre familias, una forma de organizar la herencia y una distribución del trabajo. El amor romántico como razón principal para unirse es, en términos históricos, relativamente reciente.
El sociólogo Anthony Giddens describe este cambio como el paso hacia lo que llama la relación pura: un vínculo que ya no se sostiene únicamente por obligación religiosa, económica o social, sino mientras ambas personas consideran que la relación aporta algo a sus vidas. Esto puede ser profundamente liberador. Sin embargo, también tiene un costo silencioso: si la relación ya no está sostenida por estructuras externas, puede terminar cargando por sí sola con la tarea de justificar su existencia y darle sentido a la vida de quienes la conforman. Ahí comienza la centralización.
Amor líquido en un mundo líquido
Zygmunt Bauman llevó esta reflexión más lejos con su concepto de amor líquido. En una sociedad de consumo donde el trabajo, la comunidad y la identidad se han vuelto más inestables, cambiantes y desechables, la pareja puede convertirse casi en el único lugar donde todavía buscamos algo sólido y duradero. Cuanto más líquido se vuelve todo lo demás a nuestro alrededor, más presión recae sobre ese único vínculo para que sea, contra toda evidencia, lo único firme.
La comunidad que desapareció
Quizá una de las cosas que más hemos perdido como cultura no es el amor. Es la comunidad.
Hubo un tiempo en el que distintas personas sostenían diferentes dimensiones de nuestra vida. Había amistades para jugar y conversar. Familia para pertenecer. Maestros para aprender. Vecinos y comunidad para acompañar. Espacios colectivos para crecer.
Durante generaciones, las necesidades de intimidad, compañía y sostén se repartían entre la familia extensa, las amistades, los vecinos y las comunidades religiosas o culturales. Hoy, especialmente en las ciudades, con familias dispersas geográficamente y redes comunitarias más débiles, la pareja termina absorbiendo funciones que antes cumplían muchas personas diferentes. Esperamos que una sola persona sea pareja, mejor amiga, familia, confidente, compañera de viajes, apoyo económico, proyecto compartido y refugio emocional casi terapéutico.
Quizá el problema no sea que deseemos una pareja. Quizá el problema sea todo lo que esperamos que sostenga.
No necesariamente amamos más a nuestras parejas que las generaciones anteriores. Tal vez les estamos pidiendo que sean todo porque ya no tenemos alrededor la red que antes repartía esa carga entre muchas manos.
El amor como mercado
La socióloga Eva Illouz añade una pieza incómoda, pero necesaria: vivimos dentro de una forma de capitalismo emocional, donde el amor también puede convertirse en un mercado y en un proyecto de autorrealización. La búsqueda de pareja comienza a gestionarse con la misma lógica de optimización que utilizamos en el trabajo o en la construcción de nuestra imagen: perfiles, opciones, comparación constante y la sensación de que siempre podría existir alguien mejor a un swipe de distancia. Encontrar pareja y, sobre todo, encontrar a «la persona correcta» se convierte así en una especie de prueba de éxito o fracaso individual.
Bajo esta mirada, datear deja de ser un encuentro y se transforma en una evaluación. La otra persona deja de ser alguien a quien descubrir y puede convertirse en una respuesta a nuestras expectativas.
Martin Buber distinguía entre dos maneras de relacionarnos: el vínculo Yo-Ello, en el que el otro se convierte en un medio, y el encuentro Yo-Tú, en el que reconocemos al otro como una presencia viva. Quizá una cita también pueda ser eso: un encuentro entre dos personas, antes que una búsqueda desesperada por llenar un vacío.
Amatonormatividad: cuando la pareja se vuelve estructura
La filósofa Elizabeth Brake nombró con precisión una de las consecuencias de todo lo anterior: la amatonormatividad. Este concepto se refiere a la suposición, tan extendida que casi nunca se cuestiona, de que una relación romántica, exclusiva y central es la meta universal de toda vida adulta, mientras que otros vínculos como la amistad profunda, la comunidad elegida o la soltería deseada poseen menos valor.
No se trata únicamente de una actitud cultural. También se refleja en las leyes, los seguros médicos, los beneficios fiscales, la organización del parentesco y el acceso a determinados derechos. Existe todo un entramado que privilegia la pareja como la única forma «seria» de vínculo adulto, relegando la amistad y la comunidad a un segundo plano, incluso cuando en la práctica pueden sostener igual o más la vida de una persona.
La dignidad espiritual del corazón
Aquí se cruza todo esto con algo que he venido explorando durante los últimos meses: la dignidad espiritual del corazón.
Para mí, es la capacidad de amar sin abandonar la verdad de quien eres ofrecer amor desde la plenitud y no únicamente desde el miedo a quedarte sola o solo. Esa plenitud no significa llegar sin heridas, sin necesidades o con todo resuelto: se construye en el mismo camino de vivir, conociendo personas, atravesando encuentros, sosteniendo amistades y aprendiendo a habitar tu propia compañía, sin que ninguna de esas experiencias se sienta como una condena.
Esto no sirve únicamente para la etapa en la que buscas conocer a alguien. También importa cuando la relación finalmente llega, porque compartir tu vida con otra persona no tendría que implicar desaparecer dentro de ella. Una relación sana necesita intimidad, entrega y construcción compartida, pero también dos personas que puedan seguir respirando como individuos: que conserven vínculos propios, amistades, intereses, espacios de silencio, proyectos y una relación consigo mismas que no dependa por completo de la presencia del otro.
La investigación en psicología de las relaciones confirma algo muy parecido: los vínculos más saludables no nacen de la fusión, sino del equilibrio entre cercanía y autonomía. La independencia emocional no significa desapego, frialdad ni falta de compromiso significa poder amar profundamente sin convertir a la otra persona en el único centro de tu existencia. Tampoco se trata de defender tanto la autonomía que ya no exista espacio para el encuentro: la intimidad requiere dejarnos afectar, aprender a necesitar y permitir que alguien nos acompañe. La diferencia está entre vincularnos y fusionarnos, entre construir una vida juntos y abandonar la vida propia para habitar solo la del otro.
Quizá la pregunta, entonces, no sea si necesitamos ser independientes o entregarnos al amor. Quizá la pregunta sea: ¿cómo puedo permanecer cerca de alguien sin alejarme de mí?
Una invitación para tu próxima cita
Así que, si estás volviendo a datear, quiero dejarte una invitación para esta semana. En vez de preguntarte únicamente si esa persona es «la indicada», pregúntate también:
¿Qué me está mostrando este encuentro sobre mí, sin importar hacia dónde vaya?
¿Qué sucede en mi cuerpo cuando estoy con esta persona?
¿Puedo ser quien soy, o comienzo a editarme para agradarle?
¿Esta conexión se suma a mi vida o empieza a desplazarla?
¿Qué estoy construyendo fuera del amor de pareja?
Y si ya estás en una relación, la misma pregunta puede tomar otra forma: ¿qué parte de mi identidad sigo cultivando, incluso mientras construyo una vida con alguien más?
Quizá prepararte para conocer a alguien no consiste en buscar mejor. Consiste en habitar mejor tu propia vida.
Porque cuando una vida ya tiene raíces, el amor deja de sentirse como una búsqueda y comienza a sentirse como un encuentro. No porque finalmente encontraste a alguien. Sino porque aprendiste a compartirte sin dejar de pertenecerte.
Con cariño, Mariela
Comentarios