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El umbral: lo que una amistad revela cuando cambias tú.

Estás sentada frente a alguien que conoces desde hace años.

Cuenta una historia que antes te habría hecho reír sin pensarlo dos veces. Ahora sonríes, pero notas algo extraño en el pecho: una distancia que no sabes nombrar, un silencio que se instala entre las palabras aunque nadie haya dicho nada incorrecto.


No ha pasado nada grave.

Nadie te traicionó.


Simplemente, ya no eres exactamente quien se sentó ahí la última vez.

Es fácil quedarnos con la lectura conocida: cuando cambias, algunas amistades cambian contigo y otras se alejan. Es cierta, pero no dice demasiado. Las preguntas que valen la pena sostener, me parece que son otras:


¿Qué revela una amistad cuando nuestra identidad se mueve?

¿Hasta qué punto crecer significa dejar de necesitar que el otro confirme quiénes somos?

Y quizá la más incómoda de todas:

¿Qué diferencia existe entre evolucionar y simplemente dejar de tolerar la diferencia?


Pertenecer sin dejar de ser


Carl Jung llamó individuación al proceso mediante el cual vamos diferenciándonos de lo colectivo y entrando en una relación cada vez más consciente con nuestra propia psique. Pero es fácil convertir la individuación en un mandato de separación.


Como si crecer significara necesariamente cortar con quienes ya no acompañan nuestro camino.

Como si cada diferencia fuera evidencia de que una relación terminó su propósito.

Como si evolucionar significara dejar personas atrás.


Quizá exista otra posibilidad.


A veces individuarnos no significa alejarnos de quienes ya no piensan como nosotros, sino aprender a permanecer vinculados sin fusionarnos.


Sin necesitar agradar.

Sin necesitar que el otro comprenda por completo nuestra transformación para sentir que el vínculo sigue siendo verdadero.

Sin exigirle que se convierta en quien nosotros necesitamos para confirmar quiénes estamos siendo.


Tal vez una parte de madurar consista precisamente en eso:

pertenecer sin dejar de pertenecernos.


Tomar caminos distintos no significa tener más consciencia


Cuando hablamos de crecimiento espiritual o desarrollo personal, existe una tentación silenciosa: ordenar a las personas en una escalera.

Yo evolucioné.

Tú te quedaste atrás.

Yo desperté.

Tú todavía no puedes comprenderlo.


Este lenguaje puede infiltrarse fácilmente incluso en espacios dedicados a la consciencia.

Pero dos personas pueden tomar caminos completamente distintos sin que una posea necesariamente un nivel de consciencia superior a la otra. Puede ser diferenciación, no jerarquía. Dos seres humanos habitando momentos, necesidades, heridas y maneras de comprender la vida diferentes.


Quizá la consciencia no se demuestre rodeándonos únicamente de personas que miran el mundo como nosotros. Quizá también se revele en nuestra capacidad de encontrarnos con la diferencia sin sentir que nuestra propia identidad está amenazada por ella.


La sombra de nuestra propia evolución

Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos cuando una amistad comienza a sentirse diferente:

¿Qué parte de esto soy yo?


Es fácil colocar toda la incomodidad afuera.

Yo cambié.El otro no comprendió.La relación ya no me resonaba.

Pero a veces “estoy cambiando” puede convertirse en una manera elegante de evitar una conversación difícil.


A veces “ya no me resuena” puede ser el nombre espiritual que damos a nuestra incapacidad de tolerar que alguien piense distinto. Y a veces podemos utilizar incluso el lenguaje de la evolución para no mirar aquello que nos corresponde: el silencio que no rompimos, el resentimiento que no nombramos, el límite que nunca expresamos o el miedo a permitir que alguien nos conozca mientras nosotros mismos todavía estamos descubriendo quiénes somos.

Mirar esa sombra no significa castigarnos.

Significa permitir que nuestra evolución también nos confronte.


Porque crecer no puede consistir únicamente en reconocer aquello que los demás ya no pueden ofrecernos. También tendría que permitirnos mirar aquello que nosotros todavía no sabemos ofrecer.


Encontrarnos sin convertirnos en espejos.


Martin Buber distinguía entre dos maneras de relacionarnos: aquella en la que el otro termina convertido en objeto de nuestra experiencia y aquella en la que realmente nos encontramos con él como un , como una presencia que existe más allá de nuestras expectativas.


Esta mirada abre una pregunta preciosa para la amistad: ¿Sigo encontrándome con esta persona o necesito que me refleje la versión de mí que ahora quiero sostener?


Porque una amistad no siempre necesita comprender cada transformación para seguir conteniendo amor.

Quizá parte de amar sea aceptar que el otro conserva una dimensión que no nos pertenece. Que no podemos comprenderlo por completo. Que tampoco tiene que convertirse en una extensión de nuestra consciencia, nuestros valores, nuestro camino espiritual o nuestra manera de mirar el mundo.

El encuentro verdadero necesita cercanía, pero también necesita distancia.

Necesita un espacio donde yo pueda seguir siendo yo y tú puedas seguir siendo tú.


Cuando una amistad cambia de forma


Hay otra dimensión de esta pregunta que me interesa mirar desde James Hillman y la psicología arquetipal: ¿qué sucede cuando dejamos de mirar nuestras relaciones únicamente desde su duración y comenzamos a preguntarnos qué revelaron en nuestra alma?Quizá no todas las personas que amamos tienen que acompañar todas nuestras transformaciones para que el vínculo haya sido verdadero.


Hay amistades que nos mostraron una forma de jugar. Otras nos enseñaron intimidad. Algunas sostuvieron versiones de nosotros que necesitaban profundamente ser vistas. Otras fueron espejo, refugio, confrontación, pertenencia o umbral. Y cuando su forma cambia, no necesariamente tenemos que despreciar aquello que fueron para justificar hacia dónde vamos.


No necesitamos convertir al otro en “alguien que ya no vibra conmigo”. Tampoco necesitamos convertir el pasado en un error para poder movernos hacia el futuro. Podemos dignificar lo vivido.

Reconocer lo que esa persona despertó, sostuvo o reveló en nosotros. Agradecer la versión nuestra que pudo existir dentro de esa amistad. Y después preguntarnos, con honestidad, cuál es la forma que ese vínculo puede habitar ahora. Porque una relación puede dejar de ocupar el mismo lugar sin que el amor que existió haya sido falso. Madurar un vínculo también puede significar permitir que cambie de forma sin convertir su transformación en una traición.


El umbral.


Quizá ahí aparece el verdadero umbral. No cuando decidimos quién se queda y quién se va.

Sino cuando dejamos de necesitar que nuestras relaciones permanezcan iguales para reconocer que fueron verdaderas. Algunas amistades podrán conocernos nuevamente. Otras cambiarán de forma.

Algunas se volverán más profundas precisamente porque dejamos de exigirnos permanecer iguales.

Y otras quizá encuentren naturalmente otro lugar. Pero antes de convertir el cambio en una despedida, quizá vale la pena permanecer un instante frente a estas preguntas:


¿Puedo dejar que alguien me conozca de nuevo sin exigirle que comprenda inmediatamente en quién me estoy convirtiendo?

¿Puedo encontrarme con la diferencia sin utilizar mi evolución como una razón para sentirme por encima del otro?

¿Puedo reconocer qué parte de mí también está participando en la transformación de este vínculo?

¿Puedo permitir que una amistad cambie de forma sin negar el amor que alguna vez la sostuvo?


Tal vez crecer no siempre sea dejar atrás. A veces crecer también es aprender a mirar hacia atrás sin desprecio, mirar hacia adelante sin culpa y permanecer en el presente con suficiente libertad para permitir que cada vínculo encuentre su nueva forma. Porque quizá una amistad no solo revela quiénes fuimos juntas. También puede convertirse en un umbral para reconocer quiénes somos cuando ya no necesitamos que el otro siga siendo el mismo para permitirnos cambiar. Por Ana Paula Sanchez Garcia.

 
 
 

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