La erosión silenciosa.Ex, mi soberanía y por qué el respeto no se negocia.
- Mariela Gaona

- 9 ago
- 5 min de lectura
Estaba viendo Sex and the City sí, otra vez y hubo una escena que se me quedó pegada, justo pensando en el tema de este mes: las ex parejas, las personas que en su momento nos acompañan y que, de alguna manera, auto sabotean la relación.
Él escribió un libro. A él nunca le dieron un contrato para publicar. A ella sí. Y ese resentimiento, en vez de nombrarse, se disfrazó de comentario suelto sobre una palabra. (Aclaro: esto no es cosa de hombres. La inseguridad frente al éxito ajeno no tiene género. Pero en mi caso, esa escena destapó algo que llevaba tiempo sin nombrar.)
El bar, la tarjeta, la playa
Hay un bar en el que alguien pregunta qué quiero tomar y digo que nada, que no traigo ganas. El amigo de mi entonces novio suelta: “bueno, y agua para ella”. No fue broma. Fue un comentario fuera de lugar, disfrazado de comentario casual. Nadie se rió. Nadie me defendió tampoco.
Está la cuenta bancaria compartida: pedir la tarjeta y recibir, junto con ella, una mirada de complicidad entre él y su amigo, y a él entregándomela con resignación, como si pedir algo mío fuera un exceso.
Está la noche en que dije que ya me quería ir a dormir en vez de seguir en el antro, y sentí que esa frase pesaba más de lo que debería. Y está la playa: nadar, sentirme libre, y volver a encontrarme con una cara avergonzada en vez de una que me festejara.
Nada de esto fue un ataque
Ese es justo el punto, y suena raro decirlo así: si hubiera sido claro, cualquiera lo hubiera podido señalar. Pero no lo fue. Fue otra cosa, más lenta: una erosión hecha de miradas cómplices, de silencios, de vergüenza ajena disfrazada de nada. Se desgasta distinto cuando nadie te menosprecia de forma clara, pero tampoco nadie te sostiene.
No es que mi camino fuera mejor
Hubo una conversación donde sí puse el dedo en la llaga. Le dije que ya no quería tomar, que ya no comía carne, que había cosas que dejaron de llamarme la atención y que no tenía nada de malo. Él lo escuchó como una comparación, como si yo dijera que mi camino era mejor que el de sus amigos.
No era eso. Hay caminos distintos, y ninguno necesita ser mejor para merecer respeto. Lo que importa no es quién tiene la razón: son los valores que de verdad se comparten. El respeto. El amor. La lealtad. La honestidad.
Cuando crecer se vuelve una amenaza
Esa misma escena de la serie se repitió en mi vida, solo que en cámara lenta. En cuanto empecé a ganar más dinero, a viajar, a moverme sola, él empezó a ver con recelo la evolución, con esa sensación de quien se queda atrás mientras el otro avanza.
El resentimiento nunca se nombra como resentimiento. Se disfraza de crítica, de queja a un tercero, de victimización.
Y así, nadie tiene que hacerse cargo de lo que en verdad está pasando: no aceptar que el otro crezca.
Basta de espejitos
Hay una lectura fácil, muy repetida en espacios de crecimiento espiritual: el otro solo te está reflejando su propia inseguridad. A veces hay algo de eso, sí. Pero reducirlo únicamente a “es que le espejeas su inseguridad” es una salida demasiado cómoda, que hasta puede invalidar lo que en verdad pasó entre dos personas.
Porque el problema no fue solo la inseguridad. Fue que cuando yo nombraba mi incomodidad ”me siento incómoda”, decía y la respuesta era “solo disfruta, disfruta”. Y nada cambiaba. Ese es el verdadero límite: no si el otro es inseguro, sino si cuando nombras algo, hay un movimiento real o el silencio sigue intacto.
Lo que le diría a mi yo del bar
Que respetar el proceso del otro no significa desaparecer el propio. Que hay señales que no se pueden pasar de largo: si nombras algo una y otra vez y nada se mueve, esa quietud ya es una respuesta.
Hoy
Cuando a alguien le molesta algo mío, en vez de encogerme o ponerme a la defensiva, pregunto qué necesita o qué es lo que quiere comunicarme, para entonces poder llegar a un acuerdo. Así cambia la dinámica, sin que yo tenga que hacerme pequeña ni imponerme de más.
Esa es la diferencia que más valoro de todo lo que viví: puedo exponerme tal como soy, con curiosidad hacia el otro, sin perder mi soberanía en el intento.
Creo que ahí está el aprendizaje que quiero compartirte este mes, pensando en ex parejas y ex ligues: no se trata de cazar espejos ni de repartir culpas. Se trata de aprender a distinguir el desgaste silencioso de la incomodidad sana, y de no dejar de largo las veces que te hiciste pequeña para que el otro se sintiera cómodo.
Bonus: cómo saber si es incomodidad sana (o ya no)
Para mí, la incomodidad sana es esto: no hay acuerdo, las cosas no se ven de la misma manera, pero el respeto sigue ahí, los valores siguen ahí, y todo apunta hacia un objetivo en común y hacia el crecimiento de los dos.
No es solo una idea mía.
John Gottman, que lleva décadas investigando qué distingue a las parejas que duran de las que no, encontró que el 69% de los conflictos en una relación son “problemas perpetuos”: diferencias de personalidad o de estilo de vida que nunca se resuelven del todo. Las parejas más sanas no los eliminan, aprenden a manejarlos con respeto, humor y empatía, sin necesidad de ganar la discusión ni cambiar al otro. Algo que es totalmente distinto a lo que se propone en redes sociales.
Carl Jung leía el conflicto dentro de una pareja como combustible para la individuación, sin que esto se vuelva abuso emocional. La conciencia de unidad interna se apoya en las relaciones humanas como condición indispensable, y sostener el conflicto incluso el dolor que trae es parte de encontrarse en un apego sano. Un vínculo que nunca incomoda, en ese sentido, tampoco está haciendo su trabajo.
Rudolf Steiner, desde la antroposofía, ofrece la idea que más me gusta: en el encuentro real con otra persona puede despertar algo del ser espiritual del otro, y ese crecimiento solo ocurre sobre la base de la fraternidad, de dar al otro lo que uno tiene y es capaz de dar. El otro no está ahí para confirmarnos ni para incomodarnos gratis: está para que ambos se desarrollen.
Entonces la pregunta que me hago ahora, cuando algo no fluye en un vínculo, no es “¿esto se siente mal?”. Es: “¿esto todavía tiene respeto, valores compartidos y una dirección en común?”
Si la respuesta es sí, probablemente estoy frente a una incomodidad sana. Si no, es la erosión que crea abuso emocional y un vinculo donde la autenticidad se pierde.
Y usualmente, cuando un vínculo ya no se puede sostener, es justo el respeto lo que falló primero. Puede parecer que los valores siguen ahí, que hay una dirección compartida, y aun así existir una erosión que demerita al otro. Pero si eso está pasando, el respeto ya no estaba, aunque todo lo demás pareciera intacto. Es la pieza que no se puede fingir ni suplir con nada más.
Te dejo una práctica, por si quieres llevar esto a tu propio proceso: la próxima vez que sientas esa incomodidad en un vínculo, detente y pregúntate solo tres cosas: ¿sigue el respeto?, ¿siguen los valores compartidos?, ¿seguimos yendo hacia el mismo lugar? Nombra la respuesta en voz alta, aunque sea solo para ti. Eso ya es un acto de reconciliación con tu propio femenino o masculino: confiar en lo que ves, antes de necesitar que alguien más te lo confirme.
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