Despojarte de versiones de ti que ya no van más es todo un trip.
Hay patrones que podemos comprender intelectualmente durante años y que, sin embargo, siguen viviendo en el cuerpo como si todavía fueran verdad. Sobre todo porque, para mí, este proceso necesita una sensibilidad corporal profunda.
Hay narrativas que atraviesan nuestros sistemas familiares y que pueden llegar a sentirse como maldiciones.
Y aquí quizá me alejo un poco del lenguaje estrictamente psicológico, pero no quiero negar una dimensión que forma parte tanto de lo que he estudiado como de mi propia experiencia espiritual. Hay momentos en los que el sufrimiento parece adquirir una presencia propia; formas, imágenes o entidades a través de las cuales la psique o el espíritu, dependiendo del lenguaje desde el que lo miremos expresa aquello que durante generaciones no ha podido encontrar descanso.
En mi caso, hubo algo que durante mucho tiempo experimenté casi como una maldición: la sensación de que no podía ser plenamente feliz y tener una familia.
Como si mi manera de pertenecer a la vida tuviera que ser a través del sufrimiento.
Y mirar eso me llevó a lugares que no podría explicar únicamente desde la razón.
La oración, el fuego y mi relación con Dios fueron profundamente importantes para mí. No porque me entregaran una explicación perfecta de lo que estaba sucediendo, sino porque me permitieron reconocerme pequeña frente a algo mucho más grande.
A veces, cuando atravesamos procesos interiores muy profundos, la totalidad puede sentirse personal. Podemos creer que tenemos que comprenderlo todo, cargarlo todo, resolverlo todo.
La oración me devolvió otra posición.
No todo dependía de mí.
Y cuánta humildad me entregó aquello que alguna vez nombré como una maldición.
Tuve que atravesar umbrales de profunda transformación espiritual. Y a veces esos caminos nos llevan a reconocer espirales oscuras que parecen atravesarnos de distintas maneras: en nuestros vínculos, en el cuerpo, en nuestra historia familiar, en aquello que tememos que vuelva a suceder.
Pero con el tiempo empezó a aparecer otra pregunta:
¿Por qué tendría que mirar siempre hacia el pasado para permitirme estar en el presente?
Cada vez lo siento menos necesario.
No porque el pasado no importe.
No porque conocer nuestra historia, nuestros sistemas o nuestras heridas no pueda ser profundamente revelador.
Sino porque llega un momento en el que seguir buscando el origen también puede impedirnos reconocer algo mucho más sencillo:
hoy estamos aquí.
Y quizá no todo lo que heredamos necesita seguir siendo obedecido.
La liberación de la culpa empezó entonces a sentirse como un bálsamo sobre aquello que alguna vez había parecido inquebrantable. Porque una de las realizaciones más hermosas que he sentido en el pecho ha sido reconocer que, junto con el Amor, soy mi propia autoridad.
Tengo voluntad.
Puedo elegir.
Puedo participar conscientemente en la dirección de mi vida.
Y hay algo en esa voluntad que se siente verdaderamente inquebrantable, no porque sea rígida, sino porque nace de una profunda devoción a estar viva. Quizá por eso hoy comprendo de otra manera los umbrales de sufrimiento. No siempre se atraviesan entendiendo una cosa más. A veces se atraviesan construyendo aquello que antes no existía: estabilidad, estructura, disciplina, límites, presencia.
Y para mí hay algo profundamente espiritual en ello.
Una disciplina que no experimento como castigo, sino como devoción.
Una estructura que no me encierra, sino que le da un cauce a mi vida.
Una estabilidad que me permite dejar de confundir profundidad con sufrimiento.
Porque quizá esa sea una de las transformaciones más extrañas: descubrir que no necesitamos sufrir para pertenecer a la vida. Que también podemos pertenecer desde el placer.
Desde la familia.
Desde la tranquilidad.
Desde el amor.
Desde una vida que no necesita romperse constantemente para demostrarnos que está viva.
Y eso también vive en nosotros.
Las almas que nos recuerdan el camino de regreso
Al final, todo esto también me llevó a tomar decisiones sobre las almas gemelas de mi vida.
Y cuando digo almas gemelas no pienso únicamente en el amor romántico. Pienso en aquellas personas que, de maneras distintas, han caminado conmigo y me han ayudado a regresar al balance, a recuperar perspectiva y, muchas veces, a recordarme quién soy cuando yo misma lo había olvidado.
También tuve que perdonarme por las relaciones que dejé ir mientras estaba atravesando mi propio dolor.
Por las veces en las que quizá no supe quedarme.
Por aquello que no pude ver.
Por las versiones de mí que estaban intentando sobrevivir mientras, al mismo tiempo, aprendían a amar.
Durante mucho tiempo es fácil mirar hacia atrás y pensar en todo lo que podríamos haber hecho diferente. Pero hay una ternura distinta cuando dejamos de juzgar nuestra historia desde la consciencia que tenemos hoy. Yo no sabía entonces todo lo que sé ahora.
Y perdonarme también ha significado dejar de exigirme haber sido, en el pasado, la mujer que apenas estoy aprendiendo a ser en el presente.
Desde ahí apareció otra fuerza: reconocer que hoy sí puedo elegir.
Puedo elegir relaciones amorosas que me llenen de serenidad.
Puedo elegir vínculos donde no tenga que vivir permanentemente en alerta para sentir intensidad.
Puedo elegir personas que me ayuden a recuperar perspectiva cuando la pierdo, que respeten mi libertad y cuya presencia no me aleje de mí misma.
Y quizá esto también ha transformado mi manera de comprender el amor.
Porque durante mucho tiempo pude confundir el amor con aquello que había que sostener, salvar, comprender o atravesar.
Hoy me conmueve otra clase de amor.
El amor que persevera sin invadir.
El que sabe permanecer sin poseer.
El que no necesita salvarte, pero tampoco desaparece cuando estás atravesando un umbral.
El que, con el paso del tiempo, te demuestra que algunas heridas sí pueden cicatrizar cuando dejamos de abrirlas una y otra vez.
Hay personas que no hacen el camino por nosotros, pero cuya presencia nos ayuda a recordar que existe un camino de regreso. Y quizá eso es lo que hoy reconozco en algunas de las almas gemelas de mi vida.
No personas destinadas a completarme. Sino personas junto a las cuales puedo experimentar algo que durante mucho tiempo me pareció mucho más difícil: ser profundamente yo y, al mismo tiempo, estar profundamente acompañada.
Tal vez por eso volver a encontrarme con algunas personas después de tantos años se sintió tan distinto.
Ya no estaba buscando que el pasado me devolviera algo. Podía reconocer el amor que sí estuvo. Perdonar aquello que no supimos hacer. Agradecer a quienes permanecieron.
Y también reconocerme la fuerza para elegir, desde el presente, los vínculos con los que quiero seguir construyendo mi vida. Porque quizá regresar a nosotros mismos nunca fue un camino completamente solitario.
Hay almas que no vienen a indicarnos quiénes tenemos que ser.
Simplemente caminan cerca mientras recordamos el camino de regreso a casa.

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