Quiero ver
Una carta para el valor que llevas dentro. Este otoño he pensado mucho en nuestras aguas.
En aquello que se mueve debajo de lo evidente. En las emociones que conocemos perfectamente y en aquellas que todavía no sabemos nombrar. En las decisiones que intuimos mucho antes de sentirnos preparadas para tomarlas. Y, sobre todo, he pensado en lo que significa elegirnos.
Durante mucho tiempo creí que para terminar algo tenía que estar completamente roto.
Necesitaba que hubiera un desgarre suficientemente evidente, una fragmentación suficientemente profunda, algo que me permitiera decir: ahora sí tengo razones para no querer estar aquí.
Como si necesitara que una situación se volviera insoportable antes de darme permiso de elegir otra cosa.
Hoy me pregunto:
¿Por qué a veces esperamos a que algo nos destruya para aceptar el límite que ya nos mostró?
¿Por qué, cuando alguien ya nos dijo con sus palabras, sus acciones, sus silencios o su imposibilidad dónde puede encontrarnos, seguimos intentando llevar el vínculo un poco más lejos?
¿Qué miedo aparece cuando elegirnos implica dejar de esperar?
Y no creo que siempre sea falta de amor propio.
A veces hay amor.
Muchísimo amor.
A veces existe una lealtad dividida entre aquello que sabemos que necesitamos y aquello que todavía quisiéramos entregarle a quien tenemos enfrente. A veces hay secretos en nuestro interior. Anhelos que nos cuesta reconocer. Partes nuestras que todavía esperan que esta vez la historia sea diferente.
Por eso no quiero hablar de elegirnos como si fuera una consigna.
Elegirte también puede doler.
Hay decisiones que no se sienten como libertad al principio
Hablamos muchísimo de transformación como conquista.
“Ya puse el límite.”
“Ya me elegí.”
“Ya cerré el ciclo.”
Pero hablamos mucho menos de la tristeza que puede aparecer cuando finalmente hacemos aquello que sabemos que necesitamos hacer. Porque existen decisiones profundamente amorosas que también traen duelo.
Puedes saber que algo no te hace bien y extrañarlo.
Puedes reconocer un límite y desear que no existiera.
Puedes elegirte y seguir amando.
Puedes saber que una relación no puede encontrarte donde necesitas y, al mismo tiempo, sentir una añoranza inmensa por aquello que imaginaste que podrían construir juntos.
Una cosa no cancela la otra. Quizá una parte de madurar emocionalmente consista en dejar de exigirnos que nuestras decisiones correctas se sientan inmediatamente bien.
A veces elegirme no se siente como euforia.
A veces se siente como nadar entre dos aguas.
El miedo de decidir
Hay momentos en los que no estamos esperando más información. Estamos esperando dejar de sentir miedo. Y quizá ahí está una de las trampas. Porque algunas decisiones importantes no llegan acompañadas de certeza absoluta.
Podemos sentir ansiedad.
Podemos preguntarnos si estamos equivocándonos.
Podemos mirar hacia atrás.
Podemos querer negociar nuevamente con algo que ya vimos.
Pero últimamente he pensado que la ausencia de miedo no siempre es el requisito para elegir.
Quizá necesitamos otra cosa. Presencia. La capacidad de quedarnos lo suficiente con nosotros mismos para escuchar qué está sucediendo debajo del ruido. Porque cuando la desesperanza aparece, cuando empezamos a mirar únicamente aquello que falta o aquello que salió mal, también vale la pena preguntarnos:
¿Dónde dejé de confiar?
¿Dónde dejé de crear?
¿Dónde mi vida comenzó a volverse monotonía?
¿Dónde perdí inspiración?
¿Dónde estoy esperando que algo afuera vuelva a encender una parte de mí que también necesita mi participación?
No para responsabilizarnos de aquello que otros hicieron.
Sino para recuperar aquello sobre lo que sí tenemos autoridad.
No todo tiene que pasar por algo
Hace poco llegué a una casa que había rentado para estar en Ciudad de México.
No me gustó. Y casi inmediatamente apareció en mí ese impulso tan conocido de intentar darle un significado: Bueno… todo pasa por algo. Y me observé. ¿Por qué necesitaba convertir una casa que simplemente no me gustaba en una enseñanza espiritual?
Me dio risa, pero también me mostró algo importante.
He idealizado muchas cosas para poder permanecer dentro de ellas.
He buscado el aprendizaje.
La señal.
El propósito.
La explicación más elevada.
Y cada vez me interesa menos hacerlo.
Hay experiencias que no necesitan ser idealizadas.
Hay comportamientos que no necesitan convertirse en maestros.
Hay finales que no necesitan tener una explicación cósmica para ser finales.
A veces algo simplemente no nos gusta.
A veces algo duele.
A veces alguien no puede encontrarnos.
A veces nosotros tampoco podemos encontrarnos con alguien.
Y verlo no vuelve menos espiritual nuestra experiencia.
Quizá la vuelve más honesta.
Quiero ver
Por eso últimamente hay una frase que aparece mucho dentro de mí:
Quiero ver. Quiero ver aquello que me gusta y aquello que no.
Quiero ver mi miedo sin convertirlo inmediatamente en una profecía.
Quiero ver mi vergüenza. Quiero ver dónde sigo negociando conmigo.
Quiero ver aquello que el otro realmente me está mostrando, no solamente aquello que yo quisiera que pudiera ofrecerme. Quiero verme. Y quiero ver al otro.
Porque quizá una de las formas más profundas de amor sea permitir que alguien sea quien está siendo, incluso cuando aquello que vemos nos obliga a tomar una decisión.Ver no significa condenar.
Tampoco significa comprenderlo todo. Significa dejar de modificar constantemente la realidad para que pueda acomodarse a nuestro dolor. Y quizá ahí comienza otra forma de dignidad.
Las aguas de otoño
Este otoño no quiero pedirle a las hojas que me enseñen a soltar.
Quiero entrar al agua. A esas zonas interiores donde todavía conviven el amor y el miedo, el deseo y el límite, la intuición y la incertidumbre. Quiero aprender a permanecer ahí sin obligarme a encontrar inmediatamente una respuesta.
Porque quizá la estabilidad emocional no significa tener siempre claridad. Quizá significa poder permanecer presente mientras la claridad llega. Y entonces la intuición deja de ser esa voz mágica que nos entrega todas las respuestas.
Se vuelve una pequeña luz.
La suficiente para mirar el siguiente paso.
No necesito conocer todo el camino para reconocer aquello que ya puedo ver.
No necesito esperar a que un vínculo se destruya para honrar lo que siento.
No necesito fabricar una explicación espiritual para dignificar una experiencia.
No necesito dejar de amar para elegirme.
Y quizá eso sea lo que estas aguas de otoño están intentando recordarme:
mi valor no comienza cuando finalmente tengo razones suficientes para irme.
Mi valor estaba ahí antes.
En mi capacidad de mirar.
De sentir.
De discernir.
De crear.
De decidir.
De permanecer conmigo incluso cuando una elección duele.
Este otoño mi oración no es “muéstrame qué significa todo esto”.
Es mucho más sencilla: Quiero ver.Quiero verme.Quiero verte.Y quiero tener el valor de amar lo suficiente como para no necesitar distorsionar aquello que encuentre.

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