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Volver al pasado y descubrir que ya no eres quien eras

hace 2 días
6 min de lectura

Ayer fui a una boda y me encontré con personas que formaron parte de mi vida hace aproximadamente ocho años.

En algún momento de la noche, un amigo me dijo entre risas:

“Es que tú eras tan controladora que si no había papas de limón sentías que se te caía el mundo”.

Me dio muchísima risa.

Pero también me hizo pensar.

Porque durante mucho tiempo creí que crecer significaba dejar atrás ciertos lugares, personas o versiones de mí. Como si regresar significara necesariamente repetir. Como si encontrarte nuevamente con aquello que perteneció a otra etapa de tu vida fuera una señal de que algo no había terminado de sanar.

Y ayer sentí exactamente lo contrario.

A veces regresar a un escenario conocido es precisamente lo que te permite descubrir cuánto has cambiado.

No porque llegues a demostrarle a nadie tu “nueva versión”, sino porque el mismo escenario ya no produce en ti la misma respuesta.

Había personas con quienes alguna vez tuve conflictos. Historias que en su momento me generaron culpa, enojo o una enorme necesidad de explicar mi versión de las cosas. Vínculos en los que llegué a sentirme responsable no solamente de mis actos, sino también de las emociones, interpretaciones y procesos de los demás.

Y, sin embargo, ayer podía estar ahí.

Sentir un poco de ansiedad sin convertirme en ella. Encontrarme con personas del pasado sin necesitar reparar compulsivamente el pasado. Mirar historias que alguna vez me dolieron sin volver a entrar en ellas.

Y algo de eso me dio muchísima paz.


Regresar a lo que somos

Todo esto me recordó una pregunta que me ha acompañado mucho durante este proceso:

¿Cuánto de aquello que llamamos personalidad pertenece verdaderamente a nuestra esencia y cuánto se fue formando en nuestro encuentro con el mundo?

No siento que sea una pregunta que necesite responder de manera definitiva.

Más bien, siento que estamos viviendo un tiempo de digestión.

Como seres humanos hemos atravesado experiencias, relaciones, mandatos, formas de pertenecer, maneras de protegernos e identidades que en algún momento tuvieron sentido.

Y quizá parte del momento que estamos viviendo consiste justamente en poder digerir todo eso.

No necesariamente rechazarlo.

No decir: “esa ya no soy yo”.

Sino regresar.

Regresar al cuerpo. Regresar al corazón. Regresar a una intimidad con nosotros mismos que quizá durante mucho tiempo quedó cubierta por el ruido del mundo.

Y desde ahí observar qué permanece.

En mi propio proceso terapéutico apareció durante mucho tiempo una imagen de mí que conocía perfectamente: la mujer incómoda.

La mujer que confronta. La que dice. La que señala. La que incomoda.

Y durante mucho tiempo pude pensar que eso era, sencillamente, parte de mi esencia.

Hoy la pregunta es diferente.

Puedo reconocer a esa mujer. Puedo agradecerla. Puedo comprender que esa fuerza también forma parte de mi historia.

Pero ya no necesito reducirme a ella.

Y eso ha sido profundamente liberador.

Porque al regresar a mi centro he descubierto también una forma de estar en el mundo mucho más ligera, tranquila, amorosa y libre.

No siento que haya perdido mi fuerza.

Simplemente ya no necesito utilizarla todo el tiempo.

Ayer, encontrarme nuevamente con personas que conocieron versiones mías de hace tantos años me hizo sentir justamente eso.

No necesitaba demostrar que había cambiado.

Tampoco necesitaba explicar quién soy ahora.

Simplemente podía reconocerme distinta.

Y quizá debajo de tantas formas que hemos aprendido a habitar exista algo mucho más sencillo que lleva tiempo intentando regresar a la superficie.


El pasado no siempre regresa para repetirse

Durante mucho tiempo interpreté ciertos regresos desde una lógica casi lineal: si una persona, un lugar o una situación del pasado volvía a aparecer, quizá había un patrón repitiéndose.

Ahora me interesa otra posibilidad:

¿Y si algunas veces la vida nos devuelve a un escenario antiguo para que podamos experimentar nuestra transformación dentro de él?

Porque es relativamente fácil sentir que hemos cambiado cuando todo alrededor también cambió.

Otra cosa es regresar.

Encontrarte con las mismas personas. Escuchar historias conocidas. Sentir incluso algunas de las antiguas sensaciones en el cuerpo y descubrir que ya no necesitas responder de la misma manera.

Eso no borra lo sucedido.

Tampoco significa que todos los vínculos del pasado tengan que recuperarse.

Pero quizá nos permite relacionarnos de otra manera con nuestra propia historia.

Dejar de utilizar el pasado como prueba permanente de quiénes somos.

Y también dejar de necesitar que las personas que conocieron una versión anterior de nosotros comprendan inmediatamente en quién nos hemos convertido.

Hay algo muy íntimo en poder regresar y no tener que demostrar nada.


Lo que es mío y lo que pertenece al otro

También hubo otra comprensión que para mí ha sido profundamente liberadora.

Durante muchos años me hice responsable de demasiadas cosas.

Si alguien se incomodaba conmigo, buscaba inmediatamente qué había hecho.

Si alguien interpretaba algo de cierta manera, sentía que tenía que explicarme.

Si poner un límite producía enojo, podía terminar preguntándome si había sido injusta por haberlo puesto.

Y con los años he podido comprender algo que parece sencillo, pero que me ha tomado mucho tiempo integrar:

las personas también me encuentran desde su propia historia.

Desde su contexto, sus heridas, su momento vital, sus expectativas y la relación que fuimos construyendo juntas.

Comprenderlo no elimina mi responsabilidad.

La vuelve más precisa.

Puedo mirar mis actos. Escuchar una crítica. Reconocer mi sombra. Reparar cuando corresponde.

Pero no necesito asumir que cada reacción ajena es una definición de quién soy.

Y quizá ahí existe otra forma de individuación: aprender a reconocer aquello que verdaderamente nos corresponde sin cargar también con aquello que pertenece al proceso del otro.


Citrinitas: la luz que empieza a distinguir

Todo esto me evoca mucho la Citrinitas, el amarilleamiento dentro del proceso alquímico.

Me interesa especialmente como imagen de un momento intermedio: todavía no estamos frente a la culminación de la obra, pero algo comienza a iluminarse.

Y quizá eso es lo que siento que estamos atravesando también como seres humanos.

Después de remover, cuestionar, mirar sombra, revisar historias y encontrarnos tantas veces con aquello que creíamos ser, llega un momento en el que necesitamos digerir.

No seguir excavando indefinidamente.

Digerir.

Permitir que todo aquello que hemos comprendido encuentre un lugar dentro de nosotros.

Y desde esa nueva luz comenzar a distinguir.

Esto también soy yo.

Esto lo aprendí.

Esto lo heredé.

Esto me sostuvo durante un tiempo.

Esto todavía tiene vida en mí.

Esto puede transformarse.

No para fragmentarnos todavía más entre una “versión vieja” y una “versión nueva”, sino para permitir que nuestra historia completa encuentre un lugar dentro de quienes somos hoy.

Quizá por eso ayer me resultó tan simbólico incluso mirar la ropa que llevaba puesta, mi cuerpo y mi manera de entrar a ese espacio.

Durante mucho tiempo sentí que el mundo exterior podía distraerme profundamente de mi mundo interior.

Regresar al corazón ha sido también dejar de construir mi identidad únicamente en respuesta a lo que ocurre afuera.

Y desde ahí algo se ha suavizado.

Mi corazón está más abierto.

Puedo mirar con mayor compasión.

Puedo reconocer que algunas personas hicieron lo que pudieron desde el lugar en el que estaban, de la misma manera que yo también respondí desde el lugar en el que me encontraba entonces.

Eso no significa justificarlo todo.

Significa que ya no necesito cargarlo todo.


Regresar sin volver atrás

Quizá eso fue lo más hermoso de ayer.

No que los demás pudieran notar que había cambiado —aunque reconozco que también me produjo mucha alegría sentirlo—, sino descubrir que podía encontrarme nuevamente con partes de mi historia desde un lugar completamente diferente.

Podía mirar a las personas con más amor.

Y podía mirarme a mí también con más amor.

Sin defender a la mujer que fui.

Sin avergonzarme de ella.

Sin necesitar demostrar que ahora soy otra.

Quizá una de las señales más profundas de transformación no sea que el pasado deje de aparecer.

Quizá sea poder encontrarnos nuevamente con él y descubrir que ya no tiene que decidir quiénes somos en el presente.

Volver no siempre significa retroceder.

A veces regresamos para recoger una parte de nuestra historia desde otro lugar.

Para comprender.

Para digerir.

Para agradecer.

Para reconocer aquello que todavía vive en nosotros y aquello que puede finalmente descansar.

Y últimamente siento que, como seres humanos, estamos haciendo mucho de eso.

Regresando.

Digiriendo.

Recordando.

No necesariamente para convertirnos en versiones cada vez más nuevas de nosotros mismos, sino quizá para algo mucho más íntimo:

digerir todo aquello que hemos sido para poder regresar, con mayor consciencia, a lo que siempre estuvo ahí.


Tal vez parte de la individuación sea justamente eso.

No llegar un día a una definición definitiva de quién soy.

Sino desarrollar suficiente intimidad conmigo para distinguir mi voz entre todas las voces que alguna vez me habitaron.


Y poder volver a lugares antiguos sin volver a ser quien necesitaba ser cuando estuvo ahí por primera vez.

Con amor,Mar

 
 
 

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